¡Qué silencio!
En el salón de la casa,
sin el griterío de los niños ni la música de mi hermana,
todo está quieto, callado.
Parece que aquí no vive un alma.
Y si escucho ruido, es mi interior
que chilla y se retuerce con desesperación.
Necesito llamar a alguien, hablar con alguien,
mas ¿quién?
No hay nadie en mi vida por quien me sienta escuchado.
Habiendo apartado a todos de mi lado,
desdeñado toda compañía, ayuda o abrazo,
por fin se fueron todos y estoy solo.
(Bueno, eso no es cierto.
No estoy del todo solo, pues siempre tengo a mano
una copa de licor blanco).
Así, en el caserón
del que expulsé a todo ser amado
veo fantasmas, hablo sin mover los labios
a las sombras de la pared
y a los recovecos del baño.
Con la mirada perdida,
los labios de alcohol mojados
y sin calor a mi lado,
me quedé anciano y desamparado.
Mi única compañera es la soledad,
que ni un día me deja en paz.
Aprieta mi garganta, me ahoga aun respirando.
Esto es lo que elegí:
el silencio sepulcral
de la tumba de mi casa.
¡Qué bueno, Lucía! me ha gustado mucho como transmites esa extraña emoción, contradictoria, de estar arrepentido por algo, pero al mismo tiempo mostrarse orgulloso, reivindicando la libertad que nos lleva a aferrarnos incluso a aquello que nos ha dañado.
ResponderEliminar¡Muchas gracias!
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